Secret Santa, un romance de oficina - Capítulo 1

 


Capítulo Uno

 

Tony Serrano

Leo al desdoblar el sobre que he sacado del tazón. Las mariposas me revolotean en el estómago ante la conciencia de esta verdad.

Tony Serrano.

El talentoso, gratamente serio, en extremo bien parecido, alto, de sedoso cabello castaño, ojos azules, piel bronceada y musculatura firme de un surfista, Tony Serrano. Ese chico que hace que se forme un torbellino en mi cuerpo cuando, al azar, le encuentro en algún espacio de la oficina. Ese que justo ahora está reclinado sobre la mesa en la que se apoya el teléfono, sosteniendo una humeante taza de café, exhibiendo dos cosas: los reflejos dorados de su cabello y una sonrisa representativa del mejor dentífrico. A ese Tony Serrano me toca regalarle en el juego del Santa Secreto.

—Eh… ¿Vicens?

Percibo la presión de una mano sobre mi hombro que me hace reaccionar. Seguro que he estado más tiempo del que podría considerarse normal admirando su atractivo nombre en el papel, atrapada entre la fascinación y el horror de que sea justo a mí a la que le ha tocado la suerte de regalarle en el juego del Santa Secreto.

Cualquiera, en mi posición, estaría muy emocionada de su suerte, pero yo no puedo.

Ah-ah.

Esta circunstancia me da muchos nervios. Aunque me guste tanto, siempre me he sentido muy intimidada por los hombres así de bien parecidos.

El año pasado, cuando Laura Quijano leyó el contenido de su sobre tuvo que devolverlo al tazón, pues, para todos, el espíritu del juego se había perdido cuando al desmayarse descubrimos, por la papeleta que todavía sujetaba en la mano mientras yacía en el suelo, que le había caído Tony Serrano. Con esa experiencia, yo no puedo bajar mis defensas. Me prohíbo colapsar.

—¿Es que te ha tocado el jefe? —me pregunta Luc, el bromista de la oficina, intentando leer el nombre en el papel que todavía sujeto entre mis manos—. Oh, no me digas que… ¿tú también?

Estoy quedando en evidencia.

—Yo también, ¿qué?

Nunca le doy chance para que me intimide, aunque siempre esté buscándome el lado flaco. Su mente funciona con más agilidad que la de todos los de la oficina juntos, pero ahora que, posiblemente, se ha fijado en el nombre impreso en mi papeleta, tengo que defenderme.

—No intentes mirar —le advierto.

Devuelvo la hojita al sobre y lo acomodo entre la pretina de la falda y la blusa mientras me aguanto su carcajada.

Luc Terrero es el opuesto de Tony Serrano. Para comenzar es un idiota, en extremo bromista, que seduce a todas las chicas de la oficina porque, bueno, sí, no me agrada admitirlo, pero… digamos que es bien parecido. Aunque nunca tan apuesto como Tony Serrano. Nadie lo es. Luc tiene la piel aceitunada y los ojos café, su cabello es oscuro y en lugar de reflejos dorados, a sus treinta y dos años, ya exhibe algunas canas. Jazmín, mi mejor amiga de la oficina, piensa que le hacen interesante. Que va a ser uno de esos hombres que ganan atractivo con la madurez. Yo prefiero no pensar en él en ningún sentido, y menos en alguno que incluya las palabras «interesante» o «atractivo». Luc Terrero no viste de traje sino de camisas a cuadros y pantalones de tela de color caqui. No es musculoso, pero tampoco flácido, digamos que tiene una buena anatomía sin esforzarse. A diferencia de Tony, su idea de un six-pack es un fin de semana bebiendo cervezas con sus amigos mientras practica el deporte que más le gusta: el dominó.  

—Si ahí te lo guardas…

No hay nada que ver, mi atuendo está perfectamente compuesto: consiste en una falda tipo lápiz hasta la rodilla y una blusa de botones.

La inspiración de esta mañana me ha venido de una de las tantas repeticiones que he visto de la película La Propuesta. Me encanta el atuendo que lleva Sandra Bullock en la escena final y he intentado imitarlo con mis propias piezas. Pero cuando la despierta mirada de Luc comienza a trasladarse desde mi cintura hacia el trasero, me acomodo para evitar que sus ojos continúen recorriendo lugares que no tienen que captar su interés. No obstante, e inevitablemente, en algún punto, tengo que darme la vuelta para volver a mi lugar. Cuando me silba con el único objeto de hacer que le ponga los ojos en blanco, los compañeros ríen. Claro, es muy divertido ser el chiste de la oficina. Por suerte, Miss Candice es la siguiente en sacar otro sobre del tazón y la atención se vuelve hacia ella.

—Oh, queridos…, es mi propio nombre —dice sonriendo. Miss Candice es la secretaria con más años de servicio de la editorial. Ha de ser por esto que es la más dulce de todas las empleadas.

—Miss Candice… —dice Luc—, permítame tener el honor de ser su Santa Secreto.

Todos en la oficina sueltan una carcajada, empezando por la misma Miss Candice. Luc es su consentido por aquí. Por mi parte, prefiero reservarme y no me molesto en mostrar ni un diente de mi sonrisa. Aunque solo estoy siendo testaruda, pues lo que ha dicho Luc, en realidad, ha sido muy dulce.

—El destino sabrá unirnos cuando lo crea conveniente, Luc —comenta reservando nuevamente el papel con su nombre dentro del sobre antes de volver a echarlo en el tazón.

—Naaa… Deme ese sobre —le reclama Luc, pero Miss Candice lo revuelve con los demás antes de que él pueda tomarlo.

Miss Candice extrae un nuevo sobre, esta vez no es el suyo, sino el de una persona cuyo nombre la hace sonreír.

A Miss Candice le sigue Natalie, la chica despampanante de la oficina, sobre la que todos sienten deseos reprimidos. Excepto Luc. A él no le hace falta tenerlos, pues todos sabemos que ha tenido que ver con ella. De Tony, sin embargo, jamás he escuchado, ni por comentarios de terceros ni cuando espío sus conversaciones con los demás, referirse de forma vulgar sobre la que todos coincidimos que es nuestra propia versión, de genes perfectos, de Sydney Sweeney. Ella, no obstante, no pierde la oportunidad de contonearse cuando pasa por su lado para dirigirse a la mesa central en la que está el tazón con los sobres. Luc suelta un silbido obsceno, nada parecido al que me ha lanzado hace un instante, que, al compararlos, se ha escuchado infantil. Natalie le da una mirada seductora, que yo jamás podré hacer, y toma su sobre antes de volver a su lugar.

Es el turno de Laura, a quien se le nota la decepción cuando lee el nombre en su sobre.

Lo siento, Laura, pero esta vez Tony Serrano es todo mío.

Llega el momento de Sofía y después el de Tony. Observo que toda la audiencia está a la expectativa de la expresión en el rostro del último. Él sonríe con dulzura cuando lee el nombre en su sobre y luego, con sus ojos cristalinos, recorre cada cara de la oficina hasta detenerse en la mía. Los compañeros han seguido el trayecto de su mirada, dejando las suyas donde también se ha quedado la de él. Me llevo la mano al pecho, incrédula de tal posibilidad, ¿es acaso lo que estoy pensando? ¿Será Tony mi Santa Secreto?

La figura de otro hombre, tan alto como Tony, interrumpe mi campo visual, llevándose, con su forma de plantear un obstáculo, todo el suspenso que se ha tejido sobre qué nombre ocupa su sobre. Dándome una mirada obstinada, Luc toma la última papeleta del tazón. No se molesta en abrirlo, ni siquiera le importa que hubiese sucedido una nueva confusión como la de Miss Candice y sea su propio nombre el que está impreso en ese papel; simplemente se lo guarda en el bolsillo de la camisa, aunque los demás le exijan que lo abra.

—Igual no les diré de quién soy Santa Secreto. Sigamos trabajando —anuncia, llevando el tazón a su lugar, antes de tomar asiento delante de su computadora.

Por mi parte, evito mirar a Tony lo que resta de la jornada.

 

***

 

—Si yo no tuviera el nombre del jefe dentro de mi sobre… —dejo de escribir el correo que necesito tener listo en veinte minutos y me saco el auricular de la oreja para atender a Jaz, que ha entrado a mi pequeño espacio y se ha sentado junto a mí—, habría pensado que, visto el horror que demostraste al ver el contenido del tuyo, te había salido a ti.

—Uy, no. —Me hago una señal de la Santa Cruz—. Lo lamento mucho. —Pongo una mano sobre su hombro para intentar consolarla. Nadie quiere ser Santa Secreto del jefe.

—No pasa nada. —Ella baja la mirada por un instante y se encoge de hombros. Jaz fue la primera del grupo en tomar uno de los sobres del tazón—. Alguien tenía que serlo.

Sin embargo, a pesar del desastre que ha sucedido con su suerte, se repone rápidamente para hurgar en mi secreto. Entre ella y yo no hay ninguno. Desde que somos amigas, siempre nos decimos quién nos corresponde en el juego. El año pasado, por ejemplo, me lo confesó —que le tocaba regalarme— y agregó:

—Así que me dices de una vez qué quieres de regalo final.

Es una de esas relaciones en las que el misterio no existe.

—Entonces… —por encima de la media pared que nos separa de los otros espacios, le da una mirada a cada personaje de la oficina hasta que se detiene en uno—. No. Puede. Ser. ¡Muéstrame tu sobre!

—Shhh… Shhh…

—Giovanna Vicens… —ahora habla en dos tonos más bajo—, dime quién te ha tocado en el Santa Secreto.

—Ahora no.

—Sabes que no aguanto este suspenso y mira que me he dado prisa en terminar mis pendientes para poder venir aquí y sonsacártelo. Dímelo, Giovanna.

—Debo enviar un correo muy importante.

—Me importa un pepino tu correo. Desembucha.

—Mira, te lo contaré tan pronto como pueda.

—Te la das de importante, ¿no? Ay, pero es que si es la persona que estoy pensando…

Niego despavorida.

—No sé qué hacer —le confieso—. Estoy muerta de miedo.

Jaz me hala por el antebrazo, haciendo que me incorpore y deje mi trabajo a medias. Sé lo que viene, un momento de confidencias en el baño de señoras.

—Las amigas no se aguantan y van a contarse los secretos sobre el juego —nos dice Luc cuando pasamos delante de su espacio—. Te recuerdo el correo, Vicens —me exige, pero no me dejo intimidar y continúo el trayecto hacia el cuarto de confidencias. Primero verificamos que no hay personas en los cubículos.

—Giovanna Vicens, confirma, por favor, mis sospechas. ¿Acaso te ha tocado…?

Tras mi respuesta afirmativa grita tan fuerte que tengo que inclinarme para cubrir su boca con mi mano.

—Guarda silencio.

Cuando observo que se ha calmado, me separo lentamente y permito que vuelva a hablar.

—Conque Tony Serrano, ¿ah?

—Sí, pero, shhh… No digas su nombre.

—Tu gran amor.

—Calla.

—Definitivamente, es el destino.

—El destino me habría hecho un gran favor si este nombre… —extraigo el contenido del sobre de un escondite bajo mi blusa para mostrárselo—, le hubiese salido a Laura Quijano y no a mí.

En cuanto he estado sola, en mi pequeño espacio de la oficina, lo he guardado allí. Dejarlo en uno de los cajones del escritorio habría servido para que cualquier curioso accediera al nombre y dejara de ser mi secreto.

—Ay, pobre alma, no queremos verla colapsar otra vez. —Jaz repasa rápidamente la papeleta para confirmar que sea cierto y me la devuelve. Reservo la pieza de papel donde la he tenido antes, cerca de mi corazón—. Siempre lo has querido, ¿ah?

—Sí.

—Pues aprovecha la oportunidad que el azar te ha puesto en bandeja de oro y regálale algo audaz.

—¿Algo audaz?

—Sí, como: lencería sexi.

—¿Qué haría Tony con lencería sexi?

—Verte llevándola puesta. Sé inteligente. —Me da un guiño y sonríe—. Imagina su sorpresa cuando lea la tarjetita que va a acompañar el presente: «Deseo que me la quites con los dientes. Grrr… Merry Xmas. Ho, ho, ho».

—¡Jazmín...!

Mientras yo estoy horrorizada, ella continúa riéndose de mí.

—Ya sé, podrías regalarle unas esposas.

—Esposas…

—O uno de esos juguetes que Christian Grey guarda en el cuarto rojo del dolor.

—Esto es algo serio, Jaz.

—Es muy divertido… —Suelta otra carcajada.

—Me alegra poder servir a tu diversión.

—No sabes cuánto.

—Mejor espero a ver qué pone en la lista de deseos, tú no me sirves de mucho.

Ella continúa riendo, mientras yo no le encuentro gracia a ninguna de sus impertinencias.

—Ahora sí, hablando en serio, ese día lúcete, cambia las gafas por lentillas. Tienes unos ojos preciosos, Giovanna.

Automáticamente me acomodo los lentes en el puente de la nariz, aunque no se hubieran deslizado.

—Que luzcas despampanante y se le antoje una cita contigo.

Empieza a animarme, pero alguien que toca la puerta nos interrumpe.

—¿Sí? —decimos ambas.

—¿Está todo bien ahí?

Es la voz de Luc.

—Las escuchamos gritar, ¿podemos pasar?

—¡Claro que no, enfermo! —vocifero. Pero Jazmín, que lo adora, abre la puerta sin cuestionarlo. Luc está acompañado del jefe de seguridad. Pasan y comienzan a revisar cada uno de los cubículos del baño.

—Hemos visto una cucaracha, Luc —le explica Jaz dándome una mirada que dice: sigue mi coartada, mientras él nos contempla a ambas. Aunque su expresión se ha intensificado cuando se detiene en mí.

—No soy un enfermo —me aclara. Le saco la lengua, pero él no sonríe como suele hacerlo con mis impertinencias.

Está bien, me he pasado. La escogencia de mis palabras no ha sido la más adecuada; sin embargo, no pensé que le molestase tanto.

—¿Esos gritos por una cucaracha?

Se detiene frente a nosotras.

—Era una de las que vuelan —le explica Jaz.

—Voladoras…

—Sí.

—Pensé que las estaban matando.

—No. Solo ha sido una cucaracha —agrego y aprieto los labios para contener la risa.

—Solo una cucaracha… —repite él con expresión dudosa, pero nosotras asentimos—. ¿Y dónde está?

—Ha volado por ahí —le explica Jaz, señalando uno de los cubículos—. Salgamos de aquí, Giovanita.

Jaz me toma del brazo, pero cuando paso por el lado de Luc, él me detiene por el otro.

—No he recibido el correo. —Su mirada se ha oscurecido, un seguro reflejo de su impaciencia—. Y restan diez minutos.

—Lo tendrás en tu bandeja en cinco.

—Más te vale, Todolopuedes.

En esta pequeña editorial para la que trabajamos, Luc no es exactamente mi jefe, pero su trabajo depende mucho de la eficacia con la que yo haga el mío.

—Simple. —Encojo un hombro y sigo angustiada hacia mi escritorio porque gracias a mi superego, ahora tengo que cumplir con esta promesa.

Al término de la jornada he conseguido enviar el correo no en cinco, pero en siete minutos. He esperado que Luc me lo echase en cara; no obstante, se ha mantenido ocupado en sus quehaceres.

En cuanto al sorteo de esta tarde, hemos seguido la tradición, con el objetivo de hacerle la vida más simple al Santa Secreto, cada uno de los compañeros ha escrito lo que quiere de regalo final en una lista de deseos, de lo que ha resultado lo siguiente: Jazmín quiere un juego de maquillaje; Sofía ha registrado tres accesorios, como colgantes, zarcillos y brazaletes; Miss Candice, una chalina de tejido peruano; Laura, un ayudante de cocina; el jefe, una agenda electrónica; Natalie, un día de spa; Tony, una camiseta de una famosa marca de surfistas —la tengo fácil—; y Luc…, él se lo ha dejado al libre albedrío de su Santa Secreto. Tomo el bolígrafo para escribir algo, pero la verdad es que no he pensado en lo que quiero.

—Puedo predecir… —la voz de Luc hace que me sobresalte—, que pedirás algo así como la colección completa de Jane Austen.

—¿Es que soy tan obvia?

Sonríe.

—Pues al menos le doy una pista a mi Santa Secreto. —Consigo que nuestras miradas se encuentren—. A diferencia de otros…, que no saben lo que quieren.

—Sé muy bien lo que quiero. —Se detiene delante de mí, buscando intimidarme, pero me mantengo impertérrita—. Sin embargo, prefiero ser sorprendido.

—¿Es que no sabes que las sorpresas no siempre son agradables?

—Todas tienen algo bueno. Una enseñanza, al menos.

—Mejor prepárate para la decepción.

Mira hacia un lado como si estuviese pensando en la posibilidad de lo que le he dicho, pero luego se encoge de hombros y hace un chasquido con la lengua. Realmente no le importa el obsequio.

Me detengo en la lista de deseos unos segundos más. No sé qué quiero, mi mente está bloqueada, pero podría pensar en algo y anotarlo por la mañana. Prefiero no precipitarme, aunque odie dejar mi línea en blanco y darle material a este bromista para que se burle un poco más de mí. No importa, será cuestión de horas para que deje registrado mi capricho. Resuelta, me acomodo el bolso en el hombro y empiezo a salir de la oficina.

—Tienes una severa opinión sobre los demás, pero haces lo mismo…

Lo sabía. Me vuelvo solo para confirmar que está detenido junto a la lista de deseos.

—Si voy a dejar mi deseo escrito, que sea algo que quiera de verdad.

—Solo te advierto que no se obsequian novios. Lo siento, Vicens.

—Ya quisieras que dejase allí registrado tu nombre. Pero no te hagas ilusiones. No necesito ni quiero un novio, mucho menos si eres tú.

—No estoy hablando de mí, Vicens. No seas tú la que se haga ilusiones. Pero, como me doy cuenta de que te interesa, empezaré a estudiar la posibilidad de incluirte en mi lista.

—Prefiero que el jefe me despida, antes de estar en tu lista de conquistas.

Bien, lo admito, yo sola me he metido en este desafío de voluntades que ninguno quiere perder. Pero, pensando en que pasan de las cinco de la tarde, y no es como si quisiera quedarme con el título de empleada del mes, haciendo minutos extras no remunerados, menos si están tan mal empleados en un tema como este, retomo mi posición de salida y sigo al pasillo.

—Mi lista de conquistas… —le escucho decir a mis espaldas.

Por el tono que ha empleado parece ofendido; sin embargo, aunque no me vuelvo, sé que no suele tomarse los comentarios de manera literal y que ahora debe estar desplegando esa sonrisa suya, mientras me mira salir de la oficina.



Comentarios

Entradas populares de este blog

El drama literario de Marge

Proyecto H

Nunca exnovios